La inflación en México se desaceleró más de lo esperado y llegó a 4.11% en la primera quincena de mayo. Suena bien, casi como esas noticias que uno guarda por costumbre en la heladera mental para no descomponerse antes de la comida. Pero el país no se arregló: apenas dejó de estornudar con tanta fuerza. Y ya con eso nos quieren pedir aplausos, como si el bolsillo fuera un enfermo agradecido por pasar de terapia intensiva a sala común.
El detalle mexicano, siempre tan fino para el sarcasmo involuntario, es que una inflación más baja no significa una vida más barata. Significa, en el mejor de los casos, que el golpe ahora viene con modales. Antes te vaciaba la cartera a mordidas; ahora te lo explica con educación financiera y una sonrisa de gerente. El supermercado sigue siendo un museo del desconcierto: uno entra por jitomates y sale pensando si no hubiera sido mejor comprar una planta de energía.
Los datos de LatinUS apuntan a una desaceleración mayor a la prevista, y eso es noticia porque en estos tiempos cualquier tregua ya parece milagro administrativo. Pero hay que decirlo sin perfume: una quincena menos tensa no borra meses de empujones al gasto familiar. La economía, como algunos políticos, tiene la costumbre de presumir la parte buena del desastre y esconder la factura debajo del mantel.
Lo que más irrita no es la cifra, sino la ceremonia alrededor de la cifra. Siempre hay quien convierte una décima menos en triunfo épico, como si una inflación de 4.11% fuera una medalla olímpica y no una señal de que el incendio, apenas, dejó de crecer por unos minutos. En este país se festeja mucho la moderación del daño. Somos especialistas en aplaudir cuando el problema nos pega con menos entusiasmo.
Y no, no falta el coro de los optimistas profesionales que hablan de estabilidad con la alegría de quien nunca paga cuentas. Ellos ven porcentajes; la gente ve pollo, transporte, renta, medicina, y ese pequeño lujo moderno llamado llegar a fin de quincena sin necesidad de venderle el alma a la tarjeta. La estadística sirve, claro. Pero el recibo de la tienda tiene mejor memoria que cualquier discurso.
El gobierno, los mercados y los comentaristas de café suelen enamorarse de estas cifras porque dan apariencia de orden. Es una de esas coreografías viejas: el poder sonríe, el análisis se pone serio y el ciudadano hace cuentas en silencio. Si la inflación baja, dicen, hay alivio. Sí, como cuando afloja el torniquete: uno sigue sin estar cómodo, pero al menos puede respirar para quejarse mejor.
La parte cruel es que México ya aprendió a vivir entre sobresaltos y mini victorias. Un mes sube todo, al siguiente baja un poco, y al final la vida sigue igual de cara, que es una manera elegante de decir que la normalidad también se volvió un artículo de importación. El país no necesita más fanfarrias. Necesita precios menos creativos y autoridades menos dadas al teatro estadístico.
Así que sí: la inflación se desaceleró. Bien. Pero no confundamos el cansancio con la cura. La cartera sigue magullada, la despensa sigue dictando sentencia y el ciudadano promedio continúa haciendo gimnasia financiera con la serenidad de quien ya entendió que aquí hasta las buenas noticias llegan con letra chiquita. Uno agradece el respiro. Nada más que no lo vendan como primavera. Esto apenas es un día menos asfixiante en una sala de espera muy cara.
Arturo Isturiz



Comentarios
Moderados antes de publicarse. Critique con gusto, pero sin traer demanda en bolsa.
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