Según lo publicado por TuNota, el tema que anda dando vueltas es un supuesto video viral filtrado relacionado con Naim y Kelly, con el habitual peregrinaje digital entre Telegram y Twitter. La fórmula ya la conocemos: alguien suelta una chispa, medio internet corre a ver si encuentra fuego y el resto se dedica a monetizar el incendio. Nada nuevo bajo el sol, salvo la desfachatez con mejor internet.
Lo triste —si es que aún podemos llamar triste a lo que ya parece deporte nacional— es que cada filtración se vende como acontecimiento cultural. No lo es. Es un snack de curiosidad, una migaja de morbo con empaque de urgencia. La gente abre la nota con cara de escándalo y la cierra con la misma satisfacción con la que uno revisa una herida ajena: sabiendo que no debía mirar, pero miró igual. Qué civilización tan aplicada para el vicio y tan floja para la vergüenza.
En este tipo de episodios, las plataformas hacen su negocio de siempre: una finge que modera, la otra finge que informa, y el público finge que le interesa por razones periodísticas. Telegram termina siendo el refrigerador de lo prohibido, Twitter el comedor donde todos mastican el tema con furia moral, y los sitios de nota rápida hacen de cajeros automáticos de la ansiedad colectiva. Todo muy democrático, muy moderno y muy patético. La tecnología avanza, pero la pulsión por el chisme sigue en chancletas.
No hace falta inventar más de la cuenta para entender el fenómeno. Basta ver cómo se repiten los mismos movimientos: títulos que prometen “original completo”, comentarios que actúan como si fueran fiscalía, y una audiencia que confunde acceso con relevancia. Si algo ha quedado claro en esta era es que el escándalo dura menos que la batería del teléfono, pero deja suficiente basura para alimentar tres o cuatro rondas de indignación de salón. El algoritmo, que es un señor sin alma y con excelente memoria, agradece el espectáculo.
A mí lo que me sigue sorprendiendo no es que la gente mire. Eso es viejo como el polvo. Lo que sorprende es la solemnidad con la que se mira. Antes el chisme venía en voz baja, con café y gesto culpable. Ahora se consume con dedos rápidos y conciencia limpia, como si abrir un rumor en el celular fuera un acto de ciudadanía. Qué alivio tan elegante: el vicio ya no se esconde, se optimiza.
También conviene recordar algo elemental, por si el entusiasmo digital lo borra: una filtración no es sinónimo de verdad, ni de contexto, ni de derecho a convertir vidas ajenas en entretenimiento público. Lo publicado indica una circulación viral del material; lo demás pertenece a esa zona pantanosa donde el rumor se maquilla de confirmación y el hambre de clicks hace el resto. No todo lo que se comparte merece ser celebrado. A veces solo merece un silencio decente, pero ya sé que eso da menos tráfico que un escándalo con hambre.
El problema de fondo no es una pareja, ni un nombre propio, ni el destino de un archivo que seguramente mañana será reemplazado por otro más jugoso. El problema es la maquinaria cultural que premia la intromisión y castiga la pausa. Nos acostumbraron a mirar rápido, opinar más rápido todavía y olvidar con la misma elegancia con la que se barre una cáscara de plátano al pasillo. Así se administra hoy la atención: con hambre, prisa y cero pudor.
En fin. La próxima vez que aparezca otro “original completo” disfrazado de noticia, no hará falta un sociólogo. Bastará con observar el circo: una plataforma sirviendo, otra amplificando y miles de espectadores jurando que llegaron ahí por casualidad. La casualidad, en internet, suele tener nombre de vicio. Y el vicio, como siempre, viene envuelto en un titular que parece importante solo porque grita más fuerte que el resto.
Arturo Isturiz



Comentarios
Moderados antes de publicarse. Critique con gusto, pero sin traer demanda en bolsa.
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