Los therians son personas que expresan una identificación profunda con animales no humanos. El fenómeno no salió ayer de una licuadora: viene de comunidades antiguas de internet, foros raros, subculturas y esa zona donde la adolescencia, la búsqueda de pertenencia y el algoritmo se sientan a jugar dominó con la paciencia de los padres.

Ahora se volvió visible por TikTok, claro, porque TikTok agarra cualquier cosa, le pone música, la repite hasta gastarla y luego deja a los adultos mirando el teléfono como si hubieran encontrado una carta del futuro escrita con crayón. Antes el muchacho pasaba por una etapa rara y la familia murmuraba en la cocina. Ahora la etapa rara trae hashtag, tutorial y comunidad internacional.

Cuando uno dice que en su época esto se arreglaba con un chanclazo, no está redactando una política pública ni promoviendo violencia. Es una manera vieja, exagerada y bastante criolla de decir que antes había límites más rápidos, menos seminarios y más adultos dispuestos a decir: “mijo, bájese de la mesa y termine la tarea”.

El problema no es que alguien explore una identidad extraña. La vida ya es bastante rara sin pedir permiso. El problema es que muchos adultos pasaron de escuchar cero a validar todo sin filtro, como si poner límites fuera una forma de crueldad. Entre humillar a un joven y aplaudir cualquier cosa hay un territorio enorme llamado sentido común. Se consigue poco, pero existe.

Las redes no inventaron la confusión adolescente, pero la convirtieron en espectáculo con métricas. Un muchacho busca pertenencia, encuentra una comunidad, recibe lenguaje, aplausos, instrucciones y de pronto una búsqueda íntima se vuelve contenido. El algoritmo no pregunta si eso ayuda; pregunta si retiene atención. Como niñera, deja bastante que desear.

Ahí es donde los adultos deberían aparecer, no con burla cruel ni con pánico de noticiero, sino con presencia. Preguntar, escuchar, poner límites, observar si hay sufrimiento real, escuela abandonada, aislamiento, conductas peligrosas. Eso no cabe en un video de quince segundos, por eso casi nadie lo comparte.

Burlarse de adolescentes confundidos es deporte de gente floja. Pero convertir toda rareza en verdad sagrada también es una flojera con mejor iluminación. La tarea difícil es mirar sin deshumanizar y acompañar sin renunciar al criterio. Qué fastidio, ¿verdad? Mucho más fácil gritar en redes y sentirse valiente.

Así que sí: el chanclazo que hace falta es metafórico. Un golpe seco al espectáculo, no a la persona. Un recordatorio de que la identidad necesita conversación, no solo audiencia. Y un favorcito a los adultos: recuperen el manual, aunque sea fotocopiado. Internet no va a criar a nadie; apenas sabe recomendar videos de gente cayéndose.