El Mundial 2026 viene con esa música de fondo que ponen en las películas cuando el protagonista mira por la ventana y entiende que le duele la rodilla. Messi probablemente juega su último Mundial. Ronaldo también anda por esa avenida. Modrić parece construido con madera de piano antiguo y todavía aparece en listas como si el tiempo le pidiera permiso.
El fútbol está preparando una mudanza generacional y, como toda mudanza, alguien va a encontrar recuerdos debajo del sofá. Habrá camisetas, lágrimas, estadísticas, homenajes y señores explicando en televisión que “ya no se juega como antes”, frase que uno empieza a decir justo cuando la espalda se convierte en meteorólogo.
Messi ya ganó el Mundial que parecía perseguirlo como cobrador de banco. Desde Qatar, todo lo demás suena a epílogo de lujo. Si juega en 2026, no será solo un futbolista entrando a la cancha: será una industria completa vendiendo la última mirada, el último tiro libre, el último plano de cámara lenta.
Y uno cae, claro. Porque por más viejo amargado que sea, también tiene memoria. Messi fue una manera de ver fútbol durante veinte años. Criticar el circo no impide reconocer al artista. Lo que fastidia es la maquinaria alrededor, esa necesidad moderna de convertir cada despedida en paquete premium con fondo musical y patrocinador.
También están Ronaldo, Modrić y otros nombres enormes o medianamente enormes que podrían despedirse. Algunos importan muchísimo. Otros importan en su casa, en su selección y en el grupo de amigos que todavía juega fantasy con una seriedad preocupante. El Mundial será una mezcla de museo viviente y feria de promesas jóvenes con cortes de pelo difíciles de defender.
Ese contraste es lo bonito. Los veteranos llegan con oficio, colmillo y una biblioteca de trucos. Los jóvenes llegan con piernas, hambre y representantes mirando el teléfono. El público llega con cerveza, nostalgia y la ilusión de que esta vez sí va a entender el nuevo formato sin buscarlo en internet.
Los Mundiales sirven para medir el tiempo mejor que los calendarios. Uno recuerda dónde estaba en 2006, en 2010, en 2014, y de pronto entiende que el niño que veía debutar a Messi ya tiene deudas, contraseña del banco y opiniones sobre el colesterol.
Así que sí, hay que ver este Mundial con la atención que merece una despedida larga. No porque el fútbol se acabe, que no se acaba nunca, sino porque ciertas eras sí. Y cuando se van, dejan esa sensación rara de que alguien apagó una luz en una casa donde uno todavía estaba conversando.



Comentarios
Moderados antes de publicarse. Critique con gusto, pero sin traer demanda en bolsa.
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