Con Michelo conviene empezar por lo básico, porque internet se emociona y enseguida saca la corneta: si una persona está desaparecida, inubicable o metida en un lío de esos que huelen a pasillo de poder, no se celebra. Eso no es humor negro, es falta de tornillos. Lo que sí se puede hacer, y se debe hacer, es mirar la escena completa con la ceja levantada.
El personaje se volvió conocido por defender al chavismo con el entusiasmo de quien cree que la maquinaria política es una familia con canciones. Luego llegaron los cruces, las acusaciones internas, los videos dramáticos y las versiones sobre su paradero. La revolución, cuando se pelea con sus propios animadores, se parece menos a una causa histórica y más a un grupo de WhatsApp donde todos escriben en mayúsculas.
Hay una ingenuidad casi tierna en creer que un aparato autoritario necesita amigos. Necesita utilidad. El amigo sirve mientras sirve, el vocero sirve mientras repite, el influencer sirve mientras adorna. Cuando deja de adornar, cuando pregunta, cuando se sale del libreto, empieza la parte educativa del curso, esa que no venía en la publicidad.
Por eso el asunto tiene una ironía pesada. No porque uno quiera que le pase algo malo a nadie, sino porque apoyar una maquinaria que ha vivido de apretar, señalar y disciplinar a otros es como alquilar habitación dentro de una trituradora y sorprenderse por el ruido. En mis tiempos a eso se le decía no meter la mano donde ya viste salir humo. Hoy seguramente tiene nombre de estrategia comunicacional.
La frase de esquina dice que a todo el mundo le llega su sábado. Yo prefiero decirlo sin convertir a nadie en animal de refrán: a todo libreto le llega su sábado. El libreto del propagandista feliz, del extranjero enamorado del régimen ajeno, del bailarín de la épica oficial, tarde o temprano se encuentra con la realidad, y la realidad no pide permiso para entrar.
La gracia amarga es que muchos avisaron. No con poderes proféticos, sino con memoria. Venezuela lleva demasiados años enseñando que el poder que se vende como redentor puede terminar administrando miedo con sello oficial. Quien se acerca a eso para ganar cámara no puede luego fingir que entró a una biblioteca y salió con polvo en la camisa.
Ojalá Michelo esté bien. De verdad. Lo que no merece estar bien es la costumbre de usar la propaganda como si fuera entretenimiento inocente. No lo es. La propaganda pule barrotes, endulza abusos, convierte consignas en coreografías y luego se ofende cuando alguien le recuerda que detrás del baile hay gente pagando consecuencias.
Así que no, no hay fiesta por la incertidumbre de una persona. Hay una lección vieja, de esas que antes se aprendían con silencio largo en la mesa: no se juega a ser empleado sentimental del poder creyendo que el poder va a cuidarte cuando te enfermes. El poder, cuando se pone nervioso, primero revisa si todavía le sirves.



Comentarios
Moderados antes de publicarse. Critique con gusto, pero sin traer demanda en bolsa.
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