Hay cosas que uno cree resueltas por la civilización y luego aparece un álbum del Mundial para recordarnos que seguimos siendo una especie sentimentalmente torpe. Cachete Sierra, según lo publicado, expresó su bronca por la falta de stock y por los precios en Internet. O sea: el espectáculo no está en la pelota, sino en el papel, el cartón y la magia industrial de hacerte sentir coleccionista mientras te vacían el bolsillo.
El negocio de los álbumes siempre tuvo algo de lotería doméstica. Te venden ilusión en sobres cerrados, que es una forma elegante de decirte “pague y rece”. Después, cuando escasea, Internet hace lo suyo: convierte un producto de kiosco en reliquia de museo, aunque el objeto siga siendo una pila de figuritas con más marketing que valor real. La escasez, claro, es el combustible ideal para los vivos. El resto pone la cara, la tarjeta y el alma.
Lo gracioso es que nadie parece sorprenderse del truco. Faltan unidades, sube el precio, alguien captura la oportunidad, otro la llama “reventa” y todos fingen que el mecanismo les cayó del cielo. Es la vieja coreografía del capitalismo de sobremesa: primero te enamora, después te cobra recargo por el romance y al final te deja explicándole a tu niño por qué Messi cuesta como si viniera con garantía extendida.
La bronca de Cachete Sierra, si uno la lee con un poco de malicia y otro poco de cansancio generacional, sirve para mostrar que el problema ya no es solo el coleccionismo. Es el clima general. Vivimos rodeados de productos diseñados para parecer accesibles hasta que alguien apaga la cámara y mira la etiqueta. El álbum es apenas el mensajero. El verdadero protagonista es el mercado haciéndose el distraído con cara de inocente.
También hay una lección mínima, de esas que a los mercados no les gustan porque no dejan margen: la nostalgia es un negocio, no un sentimiento. La industria lo sabe, la reventa lo sabe, el consumidor lo sospecha y aun así cae. Uno podría decir que es ingenuidad; yo prefiero llamarlo deporte nacional con estampitas. La diferencia es que aquí no gana el más hábil, sino el que llegó primero con stock o el que tiene paciencia para inflar el precio como globo de fiesta ajena.
Y no faltará quien diga que exageramos, que es solo un álbum, que no hay que dramatizar. Exacto: solo un álbum. Pero ahí está la trampa. Las cosas pequeñas enseñan mejor que los grandes discursos. Una figurita faltante dice más del país del apuro, del mercado ansioso y del intermediario creativo que medio congreso en sesión solemne. Si hasta el Mundial, que debería ser una fiesta, termina administrado como escasez premium, imagínese el resto.
Lo más triste es que esta novela siempre encuentra público. Hay quien compra por amor al juego, hay quien compra por costumbre y hay quien compra porque no soporta quedarse afuera de la conversación de turno. Y los demás, los de siempre, hacen negocio con esa ansiedad. Así rueda el mundo: unos persiguen una figurita, otros persiguen el margen, y la mayoría termina persiguiendo sentido donde solo había inventario mal repartido.
En el fondo, la queja de Sierra no habla solo de un álbum. Habla de una pequeña ceremonia de época: la industria crea deseo, la escasez lo afila y Internet le pone el precio con un cinismo que ni se esfuerza en disimular. Un sistema tan fino como una cuchara torcida. Tan moderno como una estafa con brillo. Tan nuestro como comprar una promesa y descubrir que venía sin sobres.



Comentarios
Moderados antes de publicarse. Critique con gusto, pero sin traer demanda en bolsa.
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